Humor fantástico: ¿el patito feo de los géneros fantásticos?

Abel Amutxategi

Abel Amutxategi es un autor de humor fantástico y literatura infantil radicado en Bilbao. Sus publicaciones más recientes incluyen la segunda edición de Su muerte, gracias y la obra colectiva Usted está aquí. Ellos también (El Transbordador, 2021). Otras obras de humor serían sus novelas cortas Jo, jo, jo y La tienda del señor Li o sus cuentos en Haberlas haylas (Pez de Plata, 2019). Entre sus obras para el público infantil figuran Berbontzi, La increíble historia de Mara y el sol que cayó del cielo, Cuentos a tumba abierta y Cuentos cortos para lavarse los dientes.

César Narganes

César Narganes, natural de Santurtzi aunque residente desde los 18 años en Castellón de la Plana, es autor de humor fantástico y de ciencia ficción. En su primera novela, Todos los nombres de Maddi (Mundos cruzados, 2015) nos habla de un tipo sin talento alguno que puede tener en sus manos el destino de la humanidad. De publicación más reciente es ¡Deshágase la luz! (NIña Loba, 2019), de la que puedes leer aquí mi reseña. Puede que su frase favorita sea «los pulpos molan bastante».

Estos son los dos incautos pececillos que se dejaron pescar en mis redes tuiteras, y este es el maravilloso resultado. Que lo disfrutes.

¿Por qué no se publica más humor?

Por Abel Amutxategi y César Narganes

Los siglos no han sido benévolos con la ciudad que ahora se conoce como Disneiberdrola-Bilbao. El Parque de doña Casilda Iturriberri, otrora el último oasis de verdor de la ciudad, está cubierto por una costra de roca volcánica tan dura como la corteza de una hogaza recocida una y mil veces. De las heridas abiertas de esa roca fluyen lagos de lava en los que nadan en libertad todo tipo de engendros mecánicos. Estos son los últimos descendientes de los patos que antaño vivieron allí.

La llegada de los robots al poder ha tenido sus consecuencias, en efecto.

Por no hablar de la txapela de contaminación que ha convertido los días en una noche eterna.

Dos ancianos vestidos con pieles caminan por el lugar apoyándose en sendos bastones. Tienen las manos callosas y retorcidas. Tal vez a causa de su trabajo como escritores de humor o tal vez por tanto rebuscar comida en la basura. Cosa que también es una consecuencia directa de su profesión, claro.

Un pato mecánico con una bolsa de Eroski parcialmente fundida en su cuerpo amenaza la retaguardia de uno de ellos, pero el otro logra dejarlo fuera de combate de un certero bastonazo.

—Cuidado, Abel, que estos muerden —dice uno de ellos, un individuo calvo y arrugado con un inquietante parecido a Paul McCartney o a una señora de mediana edad.

—Yo sí que estoy que muerdo, César —Abel se acaricia la perilla, blanca y larga como la de un maestro de Kung-fu, pero con más restos de comida—. O lo estaría si tuviera dientes. Un agente ha vuelto a rechazar mi novela Su sintrom, gracias.

—¿Por su arriesgada estructura? ¿Por su análisis demasiado ácido sobre la sociedad actual? ¿Por el entramado epistemológico que la sustenta?

—No, que dicen que es graciosa.

—Qué horror.

—¿Honor? —Abel regula el volumen del conato de walkman que lleva a la cintura y se ajusta el auricular antediluviano que brota de él y le permite comprender, a grandes rasgos, las palabras de su compañero. —No te digo yo que no. Pero dicen que es un género que no vende lo suficiente como para que les salga a cuenta trabajarlo.

—Pues ahora acaban de traducir Maldito karma redux. Ya me dirás tú quién se lo ha hecho llegar a la editorial si no es un agente.

—¿La del xenomorfo que se reencarna en arquea y trata de redimir sus pecados?

—Esa.

—Pero eso es diferente. Esa novela ya ha tenido éxito fuera y la pueden publicar con una faja que diga que la ha leído Zuckerberg. U Obama. O el holograma de Cristo bendito. Con eso ya cumplen su cuota anual de humor, y lo hacen sin arriesgar dinero.

—Igual es que los de fuera son más graciosos. Como los futbolistas brasileños.

—¿Qué tienen de gracioso los futbolistas brasileños?

—Nada. Aparte de los nombres, claro. Juaninho, Jorginho, Jaiminho… Casi dan ganas de invitarlos a una queimada. A lo que voy es a las expectativas. Cuando llega un brasileño todo el mundo le presupone más talento, ¿verdad? Pues pasa lo mismo con el humor. Nadie espera que alguien de aquí tenga gracia.

—En el mercado anglosajón, en cambio, se respeta mucho más el humor.

—Mira si serán de respetar, que hasta respetan que alguien quiera vender libros.

—Qué grosería.

—Aquí hay que venderlos sin que parezca que uno quiera hacerlo para que lo tengan por un escritor de verdad. Como pidiendo perdón.

—En el mundo anglosajón nunca se liaría lo que aquí cuando le dieron el Cervantes a Mendoza, por ejemplo.

—¿Lo de cuando decían que no entraba dentro del canon porque no hacía más que gracietas?

—Eso.

—Pero también deberíamos preguntarnos qué ha hecho el humor español por la literatura, ¿no crees? Los extremos se tocan. No vayamos a pecar ahora de demasiada pasión por lo nuestro. Ni Ku Kux Klan ni negros, ya sabes lo que dicen.

—Pues a los franceses bien que se les hacía el culo Orochata con Quevedo si hablamos de clásicos, no sé…

—Ya, pero ¿además de eso?

—¿Te suena Cervantes? El padre de la novela moderna. Ahí, con todo su papo. Y, que yo sepa, el Quijote es humor social de muchos kilates.

—Bueno. Eso sí. ¿Pero además de eso?

—Además de eso nada, claro.

—Lo que decía yo.

—Un drama.

—Ya te digo.

César se apresura a clavar el bastón en el suelo con toda la agilidad que le permite su cuerpo muchicentenario. Le parece haber visto un trozo de comida, tal vez uno tirado al suelo con desdén por algún Escritor de Verdad™, pero lo que encuentra es una pequeña gabarra de peluche. Esos malditos juguetes fueron los primeros en rebelarse. Están por todas partes. La gabarra se hunde en la lava cantando el himno del Athletic a media velocidad, como un Leonard Cohen borracho.

—Pero, en fin, a mí el humor me sirve para mucho. Me ayuda a hacer el mundo más soportable.

—Los soportales vienen bien en verano, sí. Aunque ahora que el sol ha desaparecido sólo nos resguarden de la lluvia de cenizas de cada tarde —insiste Abel.

César hace como que no ha oído nada y voltea con el bastón una piedra bajo la que encuentra una oruga con la cara del último lehendakari que hubo antes de la Gran Rebelión. Al fin algo de provecho. La captura y se la guarda en el zurrón, con la vaga esperanza de que críe consejeros y pueda ayudarlo a iniciar un negocio de venta de insectos al detalle con fines alimenticios en un futuro cercano. Pero sabe que las orugas lehendakari viven poco una vez que se las aleja del erario del que se nutren habitualmente. Lástima.

—El humor me ayuda a encontrarle las costuras a la vida —sigue.

—No me gustan las costuras. Me raspan la piel.

—Por eso conviene saber siempre dónde están. El humor es para mí una lupa que amplifica las incongruencias de la vida. Seguramente no podamos limarlas todas, pero saber dónde están sí que nos ayuda a convivir con ellas. El humor invita a la toma de conciencia. Y ese es el primer paso para arreglar cualquier problema.

—No, si ahora el humor será la panacea.

—Tal vez no lo sea para todo el mundo. Pero sí que lo es para mí… y para muchos lectores, que bien te lo dicen cuando te ven firmando en alguna feria.

—Todo eso está muy bien, pero no es un género que dé prestigio.

—Y eso es porque cualquiera que se tire un pedo a destiempo cree que sabe hacer reír a la gente.

—¡Esa es otra! Como si hacer humor fuera solo «hacer gracia».

—Claro, claro… Los dos sabemos que es otra cosa ¡ejem! Esa cosa tan importante que los dos conocemos…

—¡Exacto! Igual que el drama no trata solo de hacer llorar, o el terror de dar sustos. El humor puede ser algo serio y tratar temas serios. Además, para escribir humor, como para cualquier otra cosa, hay que reflexionar mucho. No vale con servirte un cubata, apoyarte en la barra y creerte ingenioso. Existen reglas, resortes y convenciones que, como en cualquier otro género, conviene conocer. Pero hay un montón de prejuicios contra el humor.

—¡Muy cierto! Los prejuicios son lo peor. Y los franceses. Y la frase «hay cosas con las que no se puede hacer humor». ¿Por qué nunca se dice «hay cosas sobre las que no puedes hacer un thriller, o un musical»?

—Es que a menudo se confunde el humor con la burla. Hay temas sensibles de los que no habría que burlarse, pero puedes tratarlos con humor.

—¿Como tu fístula perianal?

—Sí. O sea, no. Lo que digo es que el humor no tiene prestigio. Por eso las editoriales publican tan poco, y solo cuando las ventas están aseguradas.

—Claro. Si van a rebajarse a perder su buen nombre, al menos que sea para ganar una pasta gansa. Si no, no merece la pena.

—Y eso ya lo tienen cubierto con las traducciones de novelas extranjeras.

—Maldito karma redux.

—El regreso.

—Nos estamos empezando a repetir.

—Ya lo decía el filósofo estoico.

—¿El futbolista del Barcelona?

—A la sazón.

Los ancianos se sientan a la orilla de un lago de lava y hunden sus piernas en él, sin temer que las altas temperaturas puedan fundir las prótesis de tungsteno con las que han ido reconstruyendo sus cuerpos a medida que estos dejaban de funcionar.

—Y todavía no hemos hablado sobre el humor fantástico. Demasiado humorístico para los que creen que la fantasía es una especie de historia alternativa y demasiado fantástico para los de las risitas.

—Eso es aún peor, sí. Es un gueto dentro de un suburbio en… en la charca de un ogro.

—Pues a mí me gusta.

—Y a mí. Meterse en charcas es genial. Pero a veces me pregunto si sirve de algo.

Los ancianos mueven las piernas y juegan despreocupadamente con las corrientes de lava, como dos niños haciendo tiempo hasta la hora del almuerzo.

—Bueno. Al menos no escribimos infantil.

Abel se vuelve hacia César y lo mira con cierta prevención.

—Creo que tengo que decirte algo sobre eso —confiesa.

César reconoce en la mirada de Abel su propio infierno escritoril, personal e inconfesable.

—Nadie es perfecto —dice al fin, encogiéndose de hombros.

Y los ancianos se funden, primero en un sentido abrazo, y luego a secas.

Maldito tungsteno de baratillo.

3 comentarios

  1. Madre mía, lo que me he podido reír. Una reivindicación del humor con enjundia y además divertida, qué más se puede pedir. Como damnificado directo, me habéis alegrado el día, ¡gracias! 🙂

  2. Madre mía, lo que me he podido reír. Una entrevista con enjundia, fantasiosa y divertida, qué más se puede pedir. Como damnificado directo, no puedo estar más de acuerdo, además. Genial 🙂

  3. Muchas gracias por el comentario. La verdad es que son un par de cracks, y creo que el artículo demuestra que el humor puede servir de instrumento para lo que se tercie, igual que cualquier otro género literario 🙂.

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