Mujer al borde del tiempo: un clásico muy actual

  • Título: Mujer al borde del tiempo
  • Autora: Marge Piercy
  • Editorial: consonni
  • Formato: rústica
  • Nº de páginas: 510
  • Idioma original: inglés
  • Traducción: Helen Torres
  • Ilustración de cubierta: Carla Berrocal
  • Fecha de publicación: enero 2020
  • Fecha de lectura: febrero 2020
  • Enlace de compra: web de la editorial

Mujer al borde del tiempo se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1976, justo después de un periodo de ebullición de multitud de movimientos contraculturales, reivindicativos y progresistas: la lucha por los derechos civiles, los disturbios de Stonewall y el alzamiento de la comunidad LGBT, la oposición a la Guerra de Vietnam, el renacer de un nuevo feminismo, el movimiento hippie… Y la autora no había sido ajena a ninguno de estos movimientos, incluso fue activista en varios de ellos. En esta entrada podéis leer más sobre ella.

Siempre que se lee un clásico de la literatura conviene situarlo en el contexto histórico y social en que fue escrito. En el caso de Mujer al borde del tiempo, más que una conveniencia es una necesidad. El libro refleja las inquietudes propias de la época y de su autora con tanta intensidad que prácticamente saltan a la vista –a veces, a la garganta– del lector.

Connie Ramos, la protagonista, es una mujer chicana con la que la vida no ha sido amable, por decirlo de forma suave. La novela comienza narrando cómo es encerrada en una institución mental y despojada de todos sus derechos. Una vez allí, descubre que puede viajar al futuro, gracias a su conexión con Luciente, que le hará de guía en ese viaje en el tiempo.

La novela puede dividirse en dos partes que se van alternando: por un lado, la vida de Connie en el manicomio –llamemos a las cosas por su nombre– y, por otro, sus experiencias en un futuro bastante más agradable que su propio presente. El contraste entre las dos es uno de los principales atractivos de la novela y lo que mejor muestra su intención.

El presente de Connie

El tema de la salud mental, por suerte, ha cambiado bastante desde el momento en que se escribió Mujer al borde del tiempo hasta nuestros días –seguramente, en Estados Unidos ya estaba cambiando entonces, aunque en España la Ley General de Sanidad es de 1986–. Sin embargo, aún se escuchan quejas de personas que no entienden por qué ya no existen los manicomios, por qué los «locos» andan sueltos por la calle. A esas personas les recomendaría que leyeran este libro.

Marge Piercy
Marge Piercy

Desde el momento en que ingresa en la institución, Connie desaparece. Literalmente. Deja de contar como persona y se convierte en un desecho de la sociedad, al que hay que seguir dando de comer y mantener drogado para que no dé problemas. Y si se le puede sacar alguna otra utilidad, mejor que mejor. Sus intentos de explicar lo que realmente sucedió, de contactar con su familia, de hacerse oír, en una palabra, son totalmente infructuosos. Está enferma y, como todos los enfermos mentales, lo niega. La rabia y la impotencia se contagian al lector.

Y no solo por su propia situación. Dentro del manicomio, Connie conoce a otras personas, con otro tipo de «enfermedades». Es especialmente desgarrador el caso de el Piernas, un homosexual al que están intentando «curar su inversión» –la homosexualidad dejó de considerarse enfermedad mental en 1973– con trágico resultado.

La historia está salpicada también de episodios del pasado de la protagonista, con la que ya advertí que la vida no había sido amable. En realidad, su vida hasta el momento no se diferenciaba gran cosa de la de muchas mujeres de clase trabajadora o, directamente, pobres, con el agravante de ser inmigrante y chicana. Malos tratos, alcohol, drogas, delincuencia… Esta parte también es importante para establecer el contraste con el utópico futuro al que viaja Connie periódicamente.

El futuro

La sociedad futura que nos presenta Mujer al borde del tiempo es totalmente opuesta a la realidad que vive su protagonista. En ese utópico futuro las personas viven en pequeñas comunidades que toman todas las decisiones importantes en asamblea. Las tareas diarias de gobierno van rotando entre todos los miembros de la comunidad y la propiedad privada prácticamente se ha extinguido. Se utilizan materiales ecológicos y todo se recicla, para recuperar una naturaleza casi totalmente destrozada por sus antepasados.

El concepto de familia es también muy diferente en esta sociedad utópica. Las personas eligen con quién quieren vivir, con quién compartir casa y lecho, o solo casa. Los bebés se conciben por métodos artificiales, y son criados por personas que han elegido convertirse en sus madres –«madrar», me encantan la palabra y el concepto.

Aunque el recurso al guía para ayudar a Connie a descubrir el futuro le da a la novela un sabor clásico –al estilo de las utopías socialistas decimonónicas– la sociedad que nos presenta, su forma comunitaria de propiedad, gobierno y crianza, así como ciertas costumbres lúdicas, recuerdan en cambio al ideario hippie de los sesenta, estableciéndose así un agradable contraste entre clasicismo y modernidad.

No todo es idílico en este futuro visitado por Connie. La sombra de una guerra lo oscurece e incluso amenaza con evitarlo, con impedir que ese mundo vislumbrado se convierta en realidad algún día. La protagonista aprenderá, por las malas, que el futuro depende de una misma, que si quiere hacer algo por cambiar su presente, debe luchar por ello.

Portadas de ediciones en inglés de Woman on the Edge of Time
Distintas ediciones de la novela

Mi lectura

Creo que este libro refleja perfectamente las inquietudes y las ideas de su autora. Ella sabe que, en el mundo actual –el de 1976 y el de 2020– las mujeres están muy lejos de disfrutar de la igualdad plena. Aunque ciertos derechos fundamentales se consiguieron hace décadas, al menos sobre el papel, la realidad es que la sociedad en la que vivimos es todavía profundamente machista. Incluso puede que alguno de esos derechos que tanto esfuerzo costó conseguir estén siendo cuestionados y al final se pierdan, por el retroceso que estamos viviendo hacia idearios conservadores.

Y, sin embargo, Piercy cree que es posible un mundo mejor, y así nos lo cuenta en Mujer al borde del tiempo. Quizás la fealdad del presente de Connie esté un poco exagerada. Y puede que también se haya puesto especial cuidado en realzar la belleza de ese futuro utópico, donde el género no importa y no existen las clases sociales ni las razas. Pero precisamente ese contraste es el que consigue el efecto deseado: la denuncia de las injusticias y atropellos que, a diario, soportan las mujeres, los pobres, las personas con otro color de piel. Y Connie tiene todas esas características. Las inmensas diferencias entre «lo que es» y «lo que debería ser», según Piercy, saltan a la vista.

Y, sin embargo, no todo es tan evidente en la novela como pueda parecer. Al fin y al cabo, Connie está confinada en una institución mental, atiborrada de drogas por prescripción facultativa. ¿Podemos confiar en todo lo que nos cuenta? En particular, ¿esos viajes al futuro no serán simples sueños o alucinaciones? Incluso algunas de sus experiencias en el presente ¿no estarán distorsionadas por su propia mente o por la medicación? Piercy deja sobre la mesa todos los elementos que el lector necesita para hacerse su propia composición de lugar.

Por último, hay que hacer una mención especial a la labor del equipo de traducción y corrección del texto: Helen Torres, Hedda Katarina Olsson, Arrate Hidalgo y Miguel Alpuente. Como decía antes, en el utópico futuro que imaginó Marge Piercy no importan el género ni la etnia. Es evidente que la autora ha concebido una forma de lenguaje en la que no se mencionan géneros ni razas pero, al menos en lo que al género respecta, en inglés creo que resulta más fácil, pues los adjetivos son neutros. Conseguir en castellano un lenguaje en el que el género no esté ni siquiera sugerido ha de ser, por fuerza, mucho más difícil.

Aunque el resultado pueda parecer un poco chocante al principio, sobre todo en los diálogos, cuando intervienen personajes del futuro, es algo a lo que el lector termina acostumbrándose, y no estropea en absoluto la experiencia lectora. Al contrario, sirve como elemento adicional de reflexión sobre la importancia del lenguaje en la construcción de la realidad.

En definitiva, Mujer al borde del tiempo es una novela escrita en 1976 y que había permanecido inédita en nuestro idioma hasta ahora, a pesar de su relevancia literaria. Es un ejemplo del pensamiento feminista de la época y de cómo la ciencia ficción constituye un instrumento ideal para estimular el pensamiento y la reflexión sobre los temas que más nos preocupan: la igualdad, la justicia, la ecología… La sostenibilidad, en una palabra, de nuestro mundo.

Pequeña postdata que me permito: Connie es, en esta novela, un diminutivo «anglófilo» de Consuelo. No le pasará a nadie más, ni tiene por qué, pero a mi este nombre me hizo empatizar mucho con ella. En mis muchos (no digo cuántos) años de vida lectora, es la segunda protagonista tocaya que encuentro. La primera fue en una novela de autor español (premio a quien la adivine).

2 comentarios

  1. Desde que lo vi en las novedades lo tengo en la lista. Como dices, es uno de esos títulos que escuchas muchas veces pero que hasta ahora era inaccesible para el publico hispanoparlante. Un bendición lo que está haciendo Consonni, como ahora traer a Butler. Vivimos una época de ensueño en cuanto a publicaciones. Un abrazo y genial reseña 🙂

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