el libro del día del juicio final y el coronavirus

  • Título: El libro del día del Juicio Final
  • Autora: Connie Willis
  • Editorial: Nova (Penguin Random House)
  • Formato: tapa dura y e-book
  • Nº de páginas: 778
  • Traducción: Rafael Marín Trechera
  • Ilustración de cubierta: Christopher Gibbs
  • Fecha de publicación: julio 2020
  • Fecha de lectura: julio 2020
  • Enlace de compra: web de la editorial

Connie Willis es una de esas autoras que ya se consideran clásicas en la ciencia ficción y que hasta ahora no había tenido ocasión de leer, aunque hace ya tiempo que tenía su nombre apuntado en mi lista de lecturas obligatorias. Así que en cuanto Nova decidió reeditar El libro del día del Juicio Final me lancé a por él sin dudarlo. Evidentemente, cuando lo compré sabía que trataba sobre viajes en el tiempo y la peste que terminó con la mitad de la población europea en el siglo XIV. Lo que no me imaginaba es que me iba a encontrar de frente con un libro escrito en 1992 y que anticipaba con tanta precisión lo que está ocurriendo actualmente con la pandemia de COVID-19.

Pero vamos por partes. Primero os cuento qué me ha parecido el libro en general y después ya me explayaré –poco, como es mi costumbre– sobre los detalles que tanto me han sorprendido y me han dado qué pensar.

En primer lugar, en El libro del día del Juicio Final hay viajes en el tiempo, pero no es un libro sobre viajes en el tiempo. Así que quienes lleguen a él buscando paradojas temporales, innovadores métodos para alterar el curso de la historia o líneas temporales alternativas probablemente se sentirán decepcionados. En este libro se ha desarrollado una tecnología que permite enviar personas y objetos al pasado, pero ni se explica en qué consiste –solo la conocemos como «la red»– ni es posible que los viajeros del tiempo alteren los hechos históricos de forma significativa porque, en ese caso, sencillamente «la red no se abriría». El propio sistema se protege de las paradojas. Son las reglas del juego que establece la autora y, una vez aceptadas, podemos pasar a disfrutar de la historia.

Esta tecnología para viajes hacia el pasado es utilizada por los historiadores como método de investigación, para recoger datos e información sobre distintas épocas de la historia. Cuanto más atrás en el tiempo, más complicados resultan los cálculos y mayor es la probabilidad de que se produzcan errores o imprecisiones temporales. Nuestra protagonista, Kivrin, pertenece al departamento de Medieval de la Universidad de Oxford y es enviada a 1320, en principio años antes de la epidemia de peste negra que asoló Europa. Pero un cúmulo de circunstancias llevan a un error de cálculo y Kivrin aparece en pleno invierno de 1348, justo el momento en que la peste alcanza Inglaterra.

Al mismo tiempo, en el Oxford de 2054 aparece una nueva enfermedad, especialmente virulenta y letal, provocada por un virus de origen desconocido, que obliga a poner toda la ciudad en cuarentena, colapsa los hospitales y se ceba especialmente entre el personal sanitario –vaya, ¿os va sonando de algo?

Balliol College, Oxford
Balliol College, Oxford

De esta forma, la narración se va repartiendo entre las aventuras de Kivrin en la Edad Media y los desvelos de su profesor por traerla de vuelta en medio de una epidemia y con la oposición frontal del decano en funciones. Desde luego, solo por esta trama el libro ya resultaría entretenido, con malos tragos y mucha incertidumbre tanto para Kivrin, en la Edad Media, como para su mentor, en el futuro. Queda garantizada la intriga constante por saber cómo se enfrentarán a los obstáculos aparentemente insalvables que les surgen a ambos por el camino.

Por otro lado, la novela tiene momentos verdaderamente dramáticos, incluso trágicos. El tramo final de la parte que transcurre en la época medieval es especialmente demoledor y angustioso. Y, sin embargo, todo el libro está recubierto de una fina capa de humor que, si no supiera que la autora es norteamericana, calificaría sin dudar de «humor británico». Es algo que realmente se agradece, porque sin duda ayuda a sobrellevar las partes más duras del libro.

Merece la pena destacar también la excelente ambientación en la ciudad universitaria de Oxford, con sus colleges, sus iglesias y sus campanas, y la profusión de personajes secundarios, no por arquetípicos menos entrañables: Finch, el encargado de intendencia, siempre preocupado por los suministros y la escasez de papel higiénico; William Gaddstone, el estudiante un poco tarambana pero lleno de recursos y su sobreprotectora madre, siempre causando quebraderos de cabeza; las campaneras norteamericanas, obsesionadas por su recital imposible…

Como decía, El libro del día del Juicio Final no es una novela de viajes en el tiempo. Ni siquiera es una novela sobre enfermedades contagiosas o pandemias. Es una novela sobre cómo reaccionamos las personas en épocas de adversidad. Y, a la luz de todo lo que hemos vivido tras la irrupción del SARS-COV-19 en nuestras vidas, creo que Connie Willis demuestra una clarividencia –en el sentido literal de tener claridad de visión– fuera de toda duda.

Una de las reacciones humanas más claras ante cualquier tipo de contratiempo, por mínimo que sea, es la de buscar culpables. Si tropiezo por la calle, la culpa es de la baldosa que estaba suelta y del Ayuntamiento por no repararla a tiempo; si suspendo un examen, la culpa es del profesor que me tiene manía; en un accidente de tráfico, la culpa siempre es del otro. En una pandemia europea como la peste del siglo XIV, ¿de quién era la culpa? Del demonio, las brujas, los albinos, los herejes… Incluso la propia Kivrin, toda una historiadora del siglo XXI, enfrentada al horror de la enfermedad y la muerte, se siente tentada de culpar a Dios, y debe repetirse mentalmente, una y otra vez, «es una enfermedad, no es culpa de nadie».

Connie Willis

En una epidemia en Oxford en el año 2054 –o una pandemia mundial en 2020– ¿de quién es la culpa? Del gobierno, de los chinos o los indios, de algún laboratorio imprudente o incompetente, de la Comunidad Europea, que deja entrar a los extranjeros (en el libro no se han producido la unión monetaria ni el Brexit, tampoco se puede prever todo)… Hay escenas en la novela en las que se concentran manifestantes a la entrada del hospital, con panfletos y pancartas con reivindicaciones de lo más peregrinas, del tipo «Prohíban las enfermedades extranjeras» o «El primer ministro nos ha dejado aquí para que muramos». Realmente, no son tan diferentes de las que estamos viendo a diario en prensa y televisión, por parte de negacionistas, antivacunas y conspiranoicos de todo el espectro.

No me resisto a dejar aquí una cita de El libro del día del Juicio Final, especialmente ilustrativa:

Sistemas de calefacción, la CE y los viajes en el tiempo. Durante la pandemia fueron el programa de guerra bacteriológica americano y el aire acondicionado. En la Edad Media responsabilizaron a Satán y a la aparición de cometas de sus epidemias. Sin duda cuando se descubriera el hecho de que el virus se había originado en Carolina del Sur, la Confederación o el pollo frito del sur serían los culpables.

El libro del día del Juicio Final, pág 397.

Por supuesto, no todos los personajes del libro reaccionan de la misma manera. También hay ejemplos de personas con la mente clara y que hacen todo lo posible por contribuir a la lucha contra la enfermedad, tanto en la Edad Media como en el año 2054. El padre Roche, un cura de pueblo con poca cultura pero con una fe y una vocación de servicio inquebrantables; el propio Dunworthy, el profesor empeñado en salvar a Kivrin, y su equipo de colaboradores, que habilitan el college como albergue y hospital improvisado y se convierten en rastreadores voluntarios de contactos de los contagiados; los médicos y enfermeros del hospital, capitaneados por la eficiente y sacrificada Mary Ahrens… Todos ellos permiten mantener la esperanza ante tanto oscurantismo.

Y ahí va mi reflexión personal una vez leído El libro del día del Juicio Final. El hecho de que un libro escrito en 1992, cuando la pandemia mundial más reciente aún era la de gripe española de 1918, describa con tanta precisión las distintas reacciones de las personas ante una situación de epidemia y confinamiento da mucho que pensar. ¿De verdad somos tan predecibles como seres humanos y como sociedad? Parece ser que la respuesta es afirmativa.

Lejos de extraer una conclusión pesimista, la lectura de este libro me ha servido para relativizar un poco la situación que estamos viviendo. Evidentemente, no me refiero a la pandemia en sí, sino a la crispación con que la estamos llevando. Las manifestaciones de los negacionistas, de los que reclaman su libertad individual en pleno estado de alarma, de los que acusan al gobierno de turno de querer hundir la economía, los de los microchips en las vacunas… Todo entra dentro de lo previsible y humanamente esperable. Visto así, no resulta tan extraño que tantas personas presten oídos a las distintas teorías de la conspiración: solo están buscando culpables en una situación donde no los hay. Es una enfermedad, nadie tiene la culpa.

Para concluir, aunque El libro del día del Juicio Final hable de enfermedad y muerte, de epidemias y cuarentenas, aunque tenga pasajes especialmente trágicos y angustiosos, no es un libro que desprenda un mensaje pesimista, ni mucho menos. El fino humor que impregna la narración y el hecho de ver anticipadas con tanta precisión muchas de las reacciones que estamos viendo ante la pandemia de COVID-19 ayudan bastante a relativizar y sobrellevar la situación. O al menos esa es mi impresión.

3 comentarios

    1. Yo estoy deseando que publiquen “Por no mencionar al perro”, que dicen las malas lenguas que es mejor que este, y forma parte de una serie ambientada en Oxford 🙂

  1. Mucho has tardado en catar a Connie Willis 🙂
    Pilla también Oveja mansa cuando la veas por ahí. Todoo un tradato sobre las tenedencias y modas

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