
- Título: Un manicomio en el fin del mundo
- Autor: Julian Sancton
- Editorial: Capitán Swing
- Traducción: David Muñoz Mateos
- Imagen de cubierta: De Gerlache y un pingüino emperador (®Familia de Gerlache), El Bélgica atrapado en la banquisa (®Biblioteca del Congreso, Frederick A. Cook Society)
- Formato: rústica con solapas
- Disponible en e-book: sí
- Nº de páginas: 375
- Fecha de publicación: noviembre de 2023
- Fecha de lectura: abril de 2024
- Enlace de compra: todostuslibros.com
Empezaré esta reseña como mandan los cánones: explicando por qué me llamó la atención este libro. Resulta que uno de mis autores clásicos favoritos es Dan Simmons y, entre sus novelas, El Terror (Roca Bolsillo, 2009) es una de las que más me han impresionado. Así que este ensayo, que narra la aventura de otro barco, el Belgica, que quedó atrapado en el hielo –aunque en este caso en la Antártida– y cuya tripulación logró sobrevivir tras pasar allí un invierno completo, me recordó poderosamente la novela de Simmons y creo que hasta encaja en este blog sobre lecturas frikis.
Por otro lado, nunca he sido muy aficionada a leer ensayos, fuera de mi campo profesional, que es la Economía. Sin embargo, he terminado adquiriendo la costumbre y el placer de intercalar de vez en cuando un ensayo entre mis lecturas de ficción, y este de Julian Sancton es, en gran parte, responsable de mi cambio de gustos. Un manicomio en el fin del mundo es un ensayo en toda regla, riguroso y documentado en cuanto a personas, fechas y lugares, pero escrito con la intención de entretener y captar la atención del lector, como si se tratase de una novela. No solo incluye diálogos entre los protagonistas de esta aventura, sino que incluso su estructura responde a ciertos «trucos» muy utilizados por los escritores de ficción.
Así, el prólogo se sitúa cronológicamente unos cuantos años después del final de la aventura del Belgica, y escenifica el encuentro en la prisión de Leavenworth, Kansas, entre el doctor Cook, que cumple allí condena por estafa, y su visitante, Roald Amundsen, el famoso explorador noruego que dirigió la primera expedición en alcanzar el Polo Sur. ¿Qué lazos podrían unir a estos dos personajes tan dispares? Y ¿qué tienen que ver con el viaje del Belgica y la relativamente fracasada expedición de De Gerlache? Como cualquier novela que empieza por el final, consiguió engancharme desde las primeras páginas.
Por lo tanto, el principal interés de Un manicomio en el fin del mundo no es la simple narración de unos hechos históricos, plagada de hitos y fechas. Esto se puede encontrar de forma mucho más rápida y escueta con un par de clics en Google. Lo que consigue Julian Sancton en este libro es que el lector, de alguna manera, acompañe a la tripulación del Belgica en su aventura, se emocione con sus descubrimientos, se sobrecoja ante la contemplación de desconocidos e inhóspitos, aunque indudablemente bellos, paisajes, sienta su zozobra y su temor ante la fuerza elemental de la naturaleza indómita, se angustie ante los esfuerzos, a menudo infructuosos, para liberar el barco y, sobre todo, que comparta sus penurias durante el largo invierno que un puñado de hombres soportaron en la Antártida.
En este punto es donde cualquier persona aficionada a la literatura de terror puede encontrar una conexión con este libro. Imagina una noche oscura y permanente, desde marzo hasta julio –cinco largos meses sin ver la luz del sol–, compartiendo los estrechos espacios de un barco ballenero apresado en un mar de hielo infinito y traicionero, con escasez de víveres y la amenaza constante de una muerte lenta por frío e inanición. ¿Da miedo o no?

Sin embargo, el Belgica consiguió regresar a puerto, tras pasar no solo el invierno, sino casi un año completo en la banquisa –entre marzo de 1888 y febrero de 1889– y perder a alguno de sus tripulantes, bien víctimas del mar, bien de la pesadilla de los marineros: el escorbuto, que al parecer llegó a provocar daños neurológicos a algunos tripulantes –de ahí el título del libro–. Esta afortunada circunstancia –me refiero al regreso de la expedición, no al escorbuto– es la que ha permitido al autor del ensayo ofrecer una narración dramatizada, mucho más entretenida y asequible, basada en los diarios y testimonios posteriores de los tripulantes.
Un manicomio en el fin del mundo contiene, además, otros elementos que me han parecido muy disfrutables y, por lo tanto, dignos de ser reseñados. Por un lado, encontramos un profundo análisis psicológico de los principales protagonistas de la expedición. En primer lugar, el capitán De Gerlache, apasionado de la mar y de los viajes de descubrimiento, afanoso por alcanzar la gloria para sí mismo y para su país y, al mismo tiempo, carente de las necesarias cualidades de liderazgo, a menudo consumido por las dudas y, ocasionalmente, dando muestras de una insólita audacia. Después, el doctor Frederick Cook, un hombre de enorme iniciativa y emprendedor irredento, de dudosa moralidad, pero sin duda con un gran «ojo clínico» y responsable de la victoria de la tripulación del Belgica sobre el escorbuto.
Mención aparte merece Roald Amundsen, seguramente el más famoso de todos los integrantes de esta expedición, por haber descubierto el paso del Noroeste –precisamente el que buscaban el Terror y el Erebus, los malogrados barcos que aparecen en la novela de Dan Simmons– y por haber sido el primero en llegar al Polo Sur. Y es que Un manicomio en el fin del mundo no termina cuando el Belgica regresa en 1899 al puerto de Amberes. Contiene un capítulo final lleno de salseo histórico-geográfico. Entre otras anécdotas, nos cuenta la disputa entre el doctor Cook y Robert Peary, cada uno de ellos reclamando la conquista del Polo Norte y tratando de descalificar al otro.
Y, a lo que iba, también se refiere en ese capítulo la forma en que Amundsen alcanzó finalmente el Polo Sur, aprovechando los conocimientos y la experiencia adquiridos durante su periplo en el Belgica, y también en competición, en este caso con Robert F. Scott, quien tras grandes penurias llegó al polo solo para constatar que Amundsen se le había adelantado –e incluso le había dejado una nota– y morir en el viaje de regreso. Me quedo con la audacia e intrepidez de Amundsen, pero también con la idea de que era un tipo un pelín borde y prepotente.
Sobre la edición de Capitán Swing, además de la cubierta con relieve y brillo en la imagen que suelen utilizar, Un manicomio en el fin del mundo contiene un cuadernillo central, en papel satinado, con fotografías tomadas durante la expedición del Belgica y que se conservan, bien en la colección privada de la familia De Gerlache, bien en diversos museos y bibliotecas, incluida la Frederick A. Cook Society –sí, a pesar de haber sido acusado de mentiroso y condenado por estafador, el doctor Cook tiene una sociedad dedicada a su memoria en la Biblioteca del Congreso estadounidense.
Para terminar, siempre me gusta incluir en mis reseñas los ecos o referencias que me traen los libros que leo. La referencia a la novela de Simmons ya está comentada y, además, fue previa a la lectura del libro. Pero hay otra que no me puedo quitar de la cabeza desde que leí Un manicomio en el fin del mundo y, en este caso, no es literaria, sino musical. Por aquí te dejo el enlace, por si tienes curiosidad. El vídeo contiene imágenes de varias expediciones polares.