Flores para una niña muerta: ambiente, personajes y dualidad

Flores para una niña muerta, de Mar Goizueta
  • Título: Flores para una niña muerta
  • Autora: Mar Goizueta
  • Editorial: Dilatando Mentes
  • Formato: tapa dura
  • Nº de páginas: 244
  • Disponible en e-book: no
  • Ilustración de cubierta: Juan Alberto Hernández
  • Fecha de publicación: abril de 2022
  • Fecha de lectura: abril de 2022
  • Enlace de compra: web de la editorial

Dilatando Mentes acaba de publicar la segunda novela de Mar Goizueta, que ya nos había dejado atisbar sus mundos de fantasía y la belleza de su prosa en Reina en el mundo de las pesadillas (Vernacci, 2018) y su fascinación por lo extraño en Welcome to the freak show (Apache, 2021).

Flores para una niña muerta es otra magnífica muestra de la desbordante imaginación de esta autora y de su capacidad de crear ambientes que sumergen a los lectores en mundos donde la magia y lo sobrenatural conviven con la más prosaica realidad.

En esta ocasión, Mar parte de una premisa propia de una novela policiaca pero, por supuesto, los tiros no van por ahí. El hallazgo casual de los huesos de una adolescente asesinada años atrás es el desencadenante de una investigación policial, pero también de una serie de sucesos insólitos y de la aparición de varios personajes que nada tienen de cotidianos.

Si tuviera que definir Flores para una niña muerta diría que es una novela de ambientes y de personajes. La trama tiene también su papel, claro, pero se va desgranando en pequeños episodios significativos, muchas veces desordenados en el tiempo, a modo de fogonazos de información, no solo sobre las pesquisas y los detalles del crimen, sino sobre la propia naturaleza del lugar en el que todo ocurre y de los personajes que lo pueblan. Pero es que «no siempre las historias son lineales. En realidad, casi nunca –o nunca– lo son».

El ambiente

La historia que nos narra Mar Goizueta transcurre en un pequeño pueblo, de esos en los que todo el mundo se conoce y la llegada de cualquier forastero nunca pasa desapercibida. Todos los pueblos guardan secretos a voces y atesoran sus propias leyendas. Pero el pueblo de La Laguna es aún más especial. Rodeado por dos bosques muy diferentes entre sí, el Bosque Claro y el Bosque Oscuro, en él se dan cita, de igual forma, fuerzas mágicas de todos los signos: oscuras, luminosas y quizás también ambiguas.

En el entorno del pueblo y en sus bosques hay un riachuelo, cuyas aguas, al discurrir, a veces ocultan y a veces descubren secretos enterrados; una laguna, clara y transparente en su superficie pero oscura y cenagosa en el fondo: está además la Charca Negra, donde, por tradición, se lavan las ropas de los muertos…

También hay una casa que «es una joya de piedra rodeada de bosque» y que ha permanecido cerrada durante años a la espera del regreso de su legítimo propietario, y otra casa abandonada, pero esta «de las que son frías y siempre huelen a sótano húmedo»; y, cómo no, hay una fonda, un lugar acogedor lleno de sabrosos olores y al que acuden oriundos y extraños en busca de reconfortante refugio.

Son solo algunos de los elementos y lugares que Mar menciona en su novela y que, sin duda, contribuyen a crear ese ambiente de enclave mágico, entre dos mundos, que es el pueblo de la Laguna. Pero, sin duda, son sus cuidadas y, por momentos, poéticas descripciones, llenas de olores, colores, sonidos y texturas, las que consiguen ese efecto inmersivo del que hablaba al principio. Al leer Flores para una niña muerta no solo estás enterándote de una historia, o de algo que pasó en algún lugar: estás viviendo en el pueblo de la Laguna y paseando por sus bosques, sintiendo la magia flotar a tu alrededor, invisible pero perfectamente perceptible.

Mar Goizueta
Mar Goizueta

Los personajes

Por el pueblo de la Laguna pululan un montón de personajes singulares. Algunos ya estaban allí, como las hermanas Bruna y Lucía –atención a los nombres, que todos tienen chicha, sin excepción– Ulfo, El Coleccionista de Huesos o Nombre –la chicha de este no la he captado aún, pero seguro que la tiene–. Otros aparecen por el pueblo, movidos por desconocidos motivos, o regresan a él de forma inesperada, también siguiendo los indescifrables hilos del destino.

Algunos de estos personajes se presentan, de forma intencionada, como puros arquetipos, dejándolos incluso innominados –o nominados solo genéricamente–, como el Extraño, el Ser o la Bestia, lo cual contribuye a dotar a la novela de ese aire de cuento o leyenda. Cada uno de ellos tiene su propia historia, que el lector deberá ir descubriendo y haciéndola encajar, como pieza de puzle, en el gran cuadro, animado y un tanto impresionista, que ha pintado Mar Goizueta en esta novela.

Lo que queda claro desde el mismo principio del libro es que en el pueblo de la Laguna nada es lo que parece, o por lo menos no solo lo que parece. En torno al lugar se han dado cita fuerzas mágicas y elementales, algunas más antiguas que la propia humanidad, con la que han tenido que convivir y, en ocasiones, mezclarse. Y algunas de ellas han permanecido dormidas, esperando el momento adecuado para despertar.

Son tantos los personajes que aparecen en Flores para una niña muerta que algunos de ellos ni siquiera tienen un papel relevante en la historia. Sin embargo, refuerzan la creación de ese ambiente mágico, de leyenda, que rodea al pueblo de la Laguna y que te rodeará a ti en cuanto empieces a leer.

La dualidad

Además del peculiar ambiente y de todos los personajes insólitos que aparecen en Flores para una niña muerta, yo diría que esta novela está impregnada de una curiosa dualidad. Aunque yo la veo por todas partes, intentaré concretarla en algunos elementos ilustrativos.

En primer lugar, por detrás de los detalles de historia y personajes, la cuestión de fondo es la eterna lucha entre el bien y el mal. Así, tenemos el Bosque Claro y el Bosque Oscuro, y los personajes legendarios que encarnan versiones de estas fuerzas primigenias. Esa lucha sobrenatural tiene también su reflejo en la realidad más prosaica: los policías y otros personajes –el bien– que tratan de descubrir al asesino –el mal.

Y he aquí otra capa de dualidad: el mundo real, cotidiano, el que vemos con los ojos, frente a ese otro mundo mágico, sobrenatural, que no se percibe con los sentidos físicos, pero que los personajes de la novela son incapaces de obviar.

Por último, no puedo dejar de mencionar la última vuelta a la tuerca de la dualidad, aunque esta creo que ya no es característica solo de la novela, sino de la autora. Y es la capacidad de resultar tan terriblemente poética en las descripciones de paisajes, lugares y personas como desgarradoramente retorcida en la narración de hechos violentos –no olvides que hay una Niña Muerta y, por lo tanto, un asesino suelto.

Para terminar, la edición de Dilatando Mentes, en tapa dura y numerada a mano, cuenta con un prólogo de Alberto Plumed y postfacio de Daria Pietrzak, así como un apartado con las referencias culturales que encontrarás en la novela.

En definitiva, Flores para una niña muerta es una novela fragmentada como un puzle, compuesto tanto por piezas de indudable belleza como por otras intencionadamente repugnantes, que una vez unidas nos contarán no solo el esclarecimiento de un asesinato antiguo, sino la verdadera historia, fraguada desde los albores de la humanidad, de un pueblo que siempre ha estado entre dos mundos.

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