Las doncellas de óxido: un libro adherente

Cubierta de Las Doncellas de Óxido
  • Título: Las doncellas de óxido
  • Autora: Gwedolyn Kiste
  • Editorial: Dilatando Mentes
  • Formato: rústica con solapas
  • Nº de páginas:308
  • Idioma original: inglés
  • Traducción: José Ángel de Dios
  • Ilustración (cubierta e interiores): Juan Alberto Hernández
  • Fecha de publicación: mayo 2019
  • Fecha de lectura: febrero 2019
  • Enlace de compra: web de la editorial

Hoy os traigo la reseña de un libro adherente, como los trocitos de plástico cargados de electricidad estática que se quedan pegados a los dedos, o a la ropa, y por mucho que te sacudas, no hay forma de deshacerse de ellos. Así es Las Doncellas de Óxido, o al menos así me ha resultado a mí: imposible desprenderme de este libro.

El libro tiene unas 300 páginas, pero yo me lo leí en dos sentadas. No es una frase hecha, es literal. Lo empecé un viernes por la noche y no pude retomarlo hasta el domingo por la mañana. En esa segunda sentada lo terminé. Y me costó horrores dejarlo el primer día –libro adherente, pegajoso–, porque la forma de narrar de Kiste es increíblemente absorbente. Permitidme solo una cita de las dos primeras páginas:

Oremos por las Doncellas de Óxido.

Incluso después de todos estos años, esas palabras me dejan sin aliento.

(…)

Oremos por las Doncellas de Óxido.

Como si todas las oraciones del mundo hubieran servido de algo para aquellas chicas.

Gwendolyne Kiste, Las Doncellas de Óxido, págs. 13 y 14

Pero no se trata solo de eso. No es simplemente una novela de las que atrapan al lector desde la primera página, que también. El caso es que, una vez terminada, Phoebe, las doncellas, la fábrica, la calle Denton, las amas de casa… Siguen conmigo, no consigo desprenderme de ninguna de ellas. Un libro adherente como pocos.

¿Y por qué? me pregunto. ¿Qué tiene Las Doncellas de Óxido para producir ese efecto en los lectores? Y hablo en plural, porque me consta que a otras personas les ha pasado lo mismo, entre ellas Antonio Torrubia (encargado de prologar esta novela) y Silvia Broome (autora del postfacio).

Contestar a esta pregunta requiere un poco de autoanálisis, además de reflexión sobre el texto. Y creo que la respuesta está en las historias –en plural– que cuenta y en los sentimientos y reminiscencias que esas historias son capaces de despertar en los lectores.

Las historias

Una somera lectura de la sinopsis ya da las claves de las tres historias que contiene, de forma más o menos explícita, Las Doncellas de Óxido. La primera, la más evidente, la que contiene tintes fantásticos o insólitos, es la que da título a la novela. Cinco adolescentes, todas residentes en la misma calle de una ciudad industrial, comienzan a experimentar cambios físicos inexplicables. Sus cuerpos mutan y nadie –ni los médicos, ni los agentes del gobierno ni sus propias familias– es capaz de comprender o explicar lo que les está ocurriendo.

La transformación de estas jóvenes va más allá de lo meramente físico. Pasado un punto, dejan de ser jóvenes aquejadas por un mal misterioso para convertirse ellas mismas en criaturas fantásticas, seductoramente misteriosas, fascinantes en su deformidad, poderosas en su extrañeza.

La segunda historia que se puede leer tiene un importante componente histórico y social. La transformación de las muchachas ocurre en 1980, en una ciudad que está sufriendo el azote de dos crisis económicas sucesivas y la subsecuente reconversión industrial. La subsistencia de las familias de la calle Denton está inexorablemente ligada a la fábrica, un alto horno de la industria del acero.

Los conflictos entre obreros y patronal, materializados en esa huelga cuya sombra planea sobre la ciudad y sus habitantes; las convenciones sociales encarnadas por el párroco y las amas de casa, siempre ojo avizor sobre las vidas ajenas; la degradación medioambiental, patente en el lago Erie y en la playa a la que las chicas suelen acudir… Son elementos inherentes a toda la historia y que retratan de forma hiperrealista una época que a muchos nos ha tocado vivir, quizás en la adolescencia, puede que en la primera juventud, y con rasgos que, estoy segura, incluso muchos jóvenes podrán reconocer aún hoy en día.

Imagen de un puente rodeado de fábricas y chimeneas humeantes en Cleveland, Ohio, en 1975
Cleveland, Ohio, en 1975

Y la tercera historia es quizás la más universal de las tres. Nos habla de la adolescencia, del difícil paso de la infancia a la edad adulta, de esa incertidumbre ante el futuro que todos sentimos al terminar una etapa vital y comenzar otra, sobre todo en épocas de zozobra económica.

Phoebe, la narradora de la novela, es un personaje central en las tres historias, y es quien encarna la rebeldía, la que no acepta convenciones ni normas, la que intenta hacer algo, aunque no sepa muy bien qué. Puede que su primer motivo, el más evidente, sea la amistad y el amor incondicional que siente por su prima, una de las Doncellas de Óxido. Pero no es el único. Ella siempre ha sido diferente, la chica problemática, la que no actúa según los demás esperan de ella. Y eso la llevará a enfrentarse prácticamente a todo el barrio, incluso a su propia familia.

Pero lo mejor de todo no es cada una de las historias consideradas por separado. Lo mejor es la forma en que las tres historias, los tres temas, si se prefiere, están perfectamente enlazados, imbricados, inseparables en la novela. No creo que sea casualidad que se trate de adolescentes recién graduadas en el insituto –doncellas, y no damas– ni que la fábrica sea siderúrgica y no de cualquier otro producto –doncellas de óxido.

La estructura de la narración y el efecto en el lector

La novela comienza cuando, treinta años después de la transformación de sus amigas, Phoebe regresa a la casa familiar. Los episodios de este presente adulto y del pasado, cuando era una adolescente, se van alternando con maestría. Las frases que la narradora va dejando caer refiriéndose a lo que sucedió entonces provocan una anticipación trágica en el lector. Desde el primer momento sabemos que la cosa no acabó bien, pero no sabremos hasta el final qué les ocurrió realmente a las Doncellas de Óxido.

En realidad, la historia de las doncellas no terminó aquel verano de 1980. Treinta años después algunas heridas no se han cerrado y otras nuevas comienzan a abrirse, amenazando con el comienzo de otro ciclo trágico, con la repetición de la historia.

De esta forma, el retorno de Phoebe al lugar donde todo sucedió se convierte en un viaje interior que gira alrededor de su sentimiento de culpa por no haber podido evitar lo inevitable, de su sensación de haberse equivocado en cada decisión que tomó, de haberle fallado a su querida prima y mejor amiga. Sentimientos de los que ha huido durante treinta años y que ahora debe enfrentar.

Esta alternancia entre pasado y presente, entre la narración de lo que sucedió y lo que está sucediendo, crea en el lector el ansia por descubrir cómo acabó todo en 1980 y cómo terminará ahora –si es que realmente hay un final–, en el presente.

Gwendolyn Kiste
Gwendolyn Kiste

Esa maestría en el manejo de la información, unida a la atmósfera de misterio, angustia e inquietud que Kiste ha sabido crear y mantener a lo largo de todo el libro son las que hacen que resulte imposible abandonar la lectura antes de la última página.

Lo que no sé exactamente es lo que hace que las Doncellas de Óxido, Phoebe y la calle Denton de Cleveland sigan presentes en la cabeza del lector y le acompañen durante mucho tiempo después de terminado el libro. Quizás sea la universalidad de algunos de los temas tratados, como la incertidumbre ante el futuro y la súbita asunción de responsabilidades cuando se abandona la infancia. Como el ansia de libertad y la rebeldía ante una sociedad inmovilista que trata de imponer el camino que deben seguir las jóvenes –limitarse a ser esposas y madres, amas de casa abnegadas y carentes de vida propia–. Como el rechazo y el miedo ante lo que no se comprende y la insana pero inevitable tendencia a destruirlo.

O quizás no sean los temas tratados, sino la forma de hacerlo. Las Doncellas de Óxido puede ser leída también como una gran metáfora, una imagen literaria que, usando los instrumentos del horror y lo extraño, expone las vísceras podridas de una sociedad alienante y opresora, con todo el mundo, pero especialmente con las mujeres; de un sistema económico malsano, que utiliza a las personas para abandonarlas cuando dejan de ser necesarias y destroza la naturaleza de paso. Y todo esto expuesto mediante una narración absorbente, que mantiene el suspense en todo momento y con una prosa pausada y precisa.

En definitiva, Las doncellas de óxido es un libro que se os quedará adherido a las manos mientras dure la lectura, y permanecerá en vuestro corazón mucho tiempo después.

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